El crecimiento excepcional que ha tenido el uso de los dispositivos móviles en todo el mundo, especialmente en los mercados emergentes durante la última década, ha ampliado el universo de posibles jugadores a decenas de millones de personas. Asimismo, el uso extendido de las redes sociales como Facebook acerca a usuarios de todas las edades a las plataformas de entretenimiento.

Las compañías de videojuegos han visto el potencial económico de esta gran masa de personas, y por ende se dedican a lanzar al mercado productos sencillos y accesibles, tanto en versiones para teléfonos celulares o aplicaciones de juegos dentro de las mismas redes sociales.

En líneas generales, el punto en común que vincula ambas plataformas es la gratuidad de las aplicaciones y los conceptos simples involucrados en estos juegos, que los hacen atractivos para niños y adultos de cualquier edad. Sin embargo, las empresas consiguen un beneficio por su uso que puede tener diversas fuentes: publicidad, microtransacciones o paaafb81acf7782aa9d4e5f8e09e785692-d5ushcdgo por versiones “premium”.

Por un lado, la amplia base de usuarios permite a las compañías incluir avisos publicitarios en sus productos, por los que perciben ingresos en base a la cantidad de vistas que cosecha cada anuncio. Además, en muchas aplicaciones se promociona una versión “premium” sin publicidad y con prestaciones extra a un costo generalmente bajo.

No obstante, la modalidad que mayor crecimiento ha tenido en los últimos tiempos es la de las microtransacciones; ésta se basa en cobrar a los usuarios un pequeño monto por elementos de uso dentro del juego, como dinero ficticio para la compra de “ítems” u objetos decorativos. El problema que se genera como consecuencia de esto es una pérdida de la equidad entre los distintos jugadores, puesto que quien disponga de dinero podrá acceder a una experiencia de juego muy superior y estará en mejores condiciones que sus rivales en el caso de videojuegos con modalidades online.